Hace unas semanas fui a nadar a la piscina pública que hay cerca de donde vivo. Al llegar a casa, mientras sacaba de la mochila el bañador, la toalla, las gafas de natación, etc, me dí cuenta de que me había dejado atrás los tapones que uso para que no me entre agua en los oídos. Unos tapones que valían poco pero que ya se habían hecho a mis orejas y viceversa. Por un rato estuve intentando recordar donde los había visto por última vez y al fin caí en la cuenta de que los puse en la bandeja del jabón que había en la ducha que utilicé en los vestuarios de la piscina. Ya era tarde y no podía volver a la piscina hasta el día siguiente por la tarde y, seguramente, cuando lo hiciera, ya no estarían allí. Pensé, por un momento, que sería mejor buscar unos nuevos. Tampoco se trata de algo caro. Al día siguiente, de vuelta a casa en bici, me dio tiempo de pensar en mis "queridos" tapones para los oídos, en lo bien que me ajustaban y en que no perdía nada, salvo algo de tiempo, por acercarme un momento a la piscina, antes de ir a comprar unos tapones nuevos, tal como tenía previsto. Cambié ligeramente el rumbo y me dirigí hacia la piscina. Una vez allí pregunté a uno de los encargados que me envió a otro que, a su vez, fue a buscar a la limpiadora de las instalaciones, después de que le explicara donde me los había olvidado. A los pocos segundos, salió esta señora con el botecito de los tapones. La alegría fue grande, el agradecimiento enorme y la satisfacción plena. Había constatado la bondad y generosidad de ese equipo humano por ayudarme y por guardar algo insignificante que podría haber acabado en la basura. Había ganado la batalla a la comodidad personal y al consumismo acelerado. Había librado a la naturaleza de unos gramos de plástico, muy pocos por cierto, pero plástico en definitiva.
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24/2/23
Tapones. Poca cosa
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17/4/20
Etiquetas para plantas
Hace tiempo que etiqueté algunas plantas de casa con la ayuda de los palos de los helados pero con el tiempo y la humedad se han ido pudriendo. Ahora creo que he dado con una solución duradera. He utilizado el plástico de un envase de suavizante. Se trata de polietileno de alta densidad (HDPE) con un espesor aproximado de 1mm y color translucído. Estas dos características facilitarán la rigidez suficiente de la etiqueta y que se vea bien el rótulo. Las he cortado con la ayuda de un cuter y una tijera; con el primero, si está en buen estado, se corta casi como la mantequilla. Antes de cortar cada una de las etiquetas, de distintos tamaños, por cierto, he seleccionado las caras más planas del envase, para facilitar el rotulado de las mismas y su correcta lectura posterior. Las he rotulado con un rotulador indeleble. Espero que me duren mucho aunque tal vez tenga que repasar las letras en alguna ocasión (dependerá del resultado que de la tinta de estos rotuladores en su exposición a la intemperie). Espero que os sea de utilidad esta idea, que a mi me vendrá de lujo dada mi mala memoria a la hora de recordar los nombres de las plantas con las que comparto hogar.
24/7/19
Plásticos de verdad
Aunque, por desgracia, no es la primera vez que me topo con plásticos
en el mar, mientras buceo, en esta ocasión me afectó mucho más
porque se trataba de trozos más pequeños y estaban dispersos en una
mayor extensión de agua. Mientras los peces se movían entre ellos,
sorteándolos, a mi se me vino a la cabeza, enseguida, el reciente
anuncio de una conocida marca de cervezas y pensé “No, no es
ficción, es la cruda realidad. Están ahí, yo los estoy viendo y
los estoy tocando. Son múltiples trozos de plástico real”.
Toca cambiar de
hábitos, en todos los sentidos. Desechar productos fabricados con
plásticos u otros materiales que, después de su vida útil, no se
puedan devolver a la naturaleza sin contaminarla. Reducir el consumo,
limitándolo a lo estrictamente necesario, para así reducir también
la sobre-explotación de recursos terrestres.
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